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El miércoles pasado murió
en Matamoros, Tamaulipas, una de las leyendas del contrabando y el tráfico
de drogas en la costa este de la frontera mexicana con Estados Unidos: Juan
Nepomuceno Guerra. Falleció a los 82 años, víctima de una
grave enfermedad que ya le había causado la pérdida de sus piernas
hace un par de años.
Con su muerte, se revivió la mitología
que se había generado en torno suyo en el pasado que, a decir verdad,
está fuera de la realidad. Se dijo que Juan N. Guerra era el verdadero
jefe del cártel del Golfo, que fue el hombre que manejaba, como una réplica
de Don Corleone, el tráfico de drogas en toda esa región de la
frontera. La verdad no es esa: la importancia de la historia de Juan N. Guerra
es que representa perfectamente bien, el cruce de caminos entre dos etapas del
crimen organizado en México y de sus relaciones con el poder. Y también
los métodos que se utilizaron para forzar el reemplazo de unas figuras
por otras.
En realidad, como muchos de su época,
Juan N. Guerra comenzó sentando bases en esa franja de la frontera como
contrabandista. En una época en que el mercdo nacional estaba cerrado,
donde el consumo de drogas en Estados Unidos no era importante, el verdadero
negocio estaba en el contrabando de la Unión Americana hacia el mercado
interno en México. Para eso se requerían amarres y contactos políticos.
Juan Guerra los fue construyendo hasta convertirse en un verdadero cacique en
la región. A nivel local la alianza principal se estableció con
los dirigentes de la CTM (que controlaban a los transportistas) sobre todo con
Agapito Hernández Cavazos, dirigente cetemista en el estado, y con Pedro
Pérez Ibarra, dirigente de la CTM en la estratégica aduana de
Nuevo Laredo. Con el control de los transportes locales, de las aduanas de Nuevo
Laredo y Matamoros, Juan N. Guerra pudo hacer florecer el negocio del contrabando
durante años, incursionando posteriormente cada vez más en el
narcotráfico, casi exclusivamente en la marihuana, aunque, en comparación
con el contrabando de productos hacia México, la droga era, en esa época,
un negocio secundario.
La cantidad de políticos nacionales
que formaban parte de los contactos de Juan N. Guerra parecían ser innumerables:
prácticamente todos los políticos importantes del noreste del
país, particularmente de Nuevo León (si bien existen diversas
actas de nacimiento de Guerra, incluso una que lo hace nacer en Estados Unidos,
todo indica que era originario de China, Nuevo León) y Tamaulipas lo
conocían y lo trataban. Las versiones policiales aseguran que uno de
esos políticos, especialmene influyente en la época de Adolfo
López Mateos, fue Raúl Salinas Lozano. De esa relación
entre Juan N. Guerra y el padre del ex presidente Carlos Salinas, se desprendieron
innumerables especulaciones, sobre todo a partir de que Raúl Salinas
de Gortari fuera detenido.
Las relaciones entre el crimen organizado
y el poder político tiene en esas épocas sus orígenes y
a partir de allí se desarrollan hasta sus formas actuales. Durante años
el cártel de Matamoros (posteriormente se convertiría en el cártel
del Golfo), basó su poder en esas relaciones y terminó siendo
ésta, la estrecha relación con el poder, uno de los signos distintivos
de este grupo. Los vínculos con la CTM local le permitieron a Juan N.
Guerra establecer otra fuerte relación con Joaquín Hernández
Galicia, La Quina, el otrora poderosísimo dirigente petrolero y también
con el grupo político local de Enrique Cárdenas González.
Los apoyos políticos de estos grupos oscilaron tradicionalmente entre
el PRI y el PARM y así mantuvieron su influencia en la frontera durante
años.
Pero en 1988 todo indica que realizaron
apuestas equivocadas (muy probablemente de la mano con La Quina) y terminaron
rompiendo con el entocnes presidente Carlos Salinas de Gortari. Allí
comenzó una operación para recomponer el control caciquil en toda
esa región del país y muy probablemente muchos episodios desastabilizadores
sucedidos años después tienen origen en ese conflicto.
Hay disitntas versiones sobre la caída
del imperio de Juan N. Guerra, pero todas coinciden en que el eje central estuvo,
en el ámbito político, en un distanciamiento de sus aliados tradicionales;
otros consideran que el problema principal es que este viejo cacique, ya con
graves problemas de salud en aquellos años, no permitía que se
estableciera una verdadera red empresarial para el manejo del narcotráfico
en la entidad, lo que coincidió, además, con toda la restructuración
del negocio de la droga en nuestro país, a partir de la detención
de Miguel Angel Félix Gallardo, un negocio que, desde entonces, ya se
había asentado en la cocaína, mucho más que en la marihuana
y por supuesto, con la apertura de mercados que ya se anunciaba, fuera del interés
del contrabando (por lo menos del tradicional, de aparatos electrónicos,
bebidas, ropas, que era norma en aquellos años).
Lo cierto es que cuando inicia la restructuración
del narcotráfico se decide una división del territorio nacional
entre diferentes grupos. Originalmente los únicos que no aceptan la misma
serían los Arelleno Félix, con lo que comenzó una guerra
entre cárteles que continúa hasta el día de hoy. Pero en
la zona del Golfo ya comenzaba a operarse el cambio que implicaba la consolidación
de un sobrino de Guerra, Juan García Abrego, con un apoyo claro de fuerzas
políticas locales y nacionales, y sobre todo de funcionarios del área
de seguridad.
En realidad hubo dos grandes operaciones
que sirvieron para modificar el control de los principales grupos de narcotraficantes
y en ambas, un mismo personaje aparece como el principal ejecutor: Guillermo
González Calderoni. La primera de ellas se produjo en Ojinaga, Chihuahua,
en abril de 1987. Allí en una operación combinada de la PGR y
el FBI, encabezada por el entonces comandante de la Policía Judicial
Federal en Ciudad Juárez, Guillermo González Calderoni, fue muerto
el único hombre que le disputaba realmente el control del narcotráfico
en México a Félix Gallardo, Pablo Acosta, un traficante que introducía
toneladas de cocaína, marihuana y heroína en los Estados Unidos
y que tenía una red de distribución interna en ese país
que abarcaba de California a Carolina del Norte. La muerte, se asegura que a
golpes, de Pablo Acosta, y la casi inmediata detención de Félix
Gallardo, abrieron el espacio para que surgiera lo que ahora conocemos como
el cártel de Ciudad Juárez.
La segunda gran operación se dio
precisamente en 1990. Ya habían caído en Tamaulipas La Quina (en
una operación policial también ejecutada por González Calderoni)
y Agapito Hernández, ya había cambios en los grupos políticos
dominante en Tamaulipas, ya había surgido un nuevo grupo que comandaba
el crimen organziado. Pero para consolidar todo eso se requería terminar
de desplazar a la vieja generación. Fue entonces cuando se decide la
detención en uno de sus ranchos, de un Juan N. Guerra que ya estaba en
silla de ruedas y que fue mostrado, entonces, como el verdadero jefe del cártel
del Golfo, como El Padrino del narcotráfico mexicano, mientras que la
realidad mostraba que ese grupo operaba bajo otros mandos. La detención
de Juan N. Guerra fue encabezada, una vez más, por Guillermo González
Calderoni. La operación fue espectacular pero las consecuencias legales
por lo menos endebles. No se acusó prácticmante de nada al viejo
cacique e incluso, por su estado de salud ni siqueira pisó la cárcel:
pero lo importante era la señal y esa ya se había dado. Allí
se oficializó que quien mandaba en esa frontera era García Abrego.
Poco después, el propio González
Calderoni vio como caía su estrella y antes de ser detenido acusado de
tortura y de participar activamente en el tráfico de drogas precisamente
con el cártel del Golfo, buscó refugió en Estados Unidos
donde se ha convertido en testigo protegido de la DEA, la que en un hecho inédito
le ha permitido mantener su fortuna (que según las acusaciones que tiene
en México es producto del narcotráfico) calculada, según
estimaciones oficiales, en unos cinco millones de dólares. El gobierno
estadunidense ha negado la extradición de González Calderoni que,
según fuentes de alto nivel de las áreas de seguridad en México,
seguiría siendo un hombre clave para comprender cómo se mueven
los grupos de la droga en esa región de la frontera.
Lo cierto es que desde su detención,
Guerra ya no tuvo influencia en el tráfico de drogas en esa parte de
la frontera. Con el cambio de gobierno vendría la caída de su
sobrino, Juan García Abrego, y una nueva redistribución de los
grupos del narcotráfico. En esa región se acentuó la lucha
entre distintos grupos considerados herederos de García Abrego: en Laredo
estaba la banda de Los Texas; en Matamoros, Jesús El Chava Gómez,
en esa misma zona Osiel Cárdenas. Los primeros fueron detenidos aunque
conservaron desde el penal de Nuevo Laredo el control de ese puesto fronterizo
durante años, los otros trabajaron juntos pero la presencia del cártel
de Juárez se fue extendiendo hasta controlar buena parte de esas plazas.
Hace dos años Gómez y Cárdenas fueron detenidos y encerrados
en una casa del Pedregal, en el Distrito Federal. Pagaron, se dice, 700 mil
dólares a los policías que los custodiaban y se fugaron. Allí
mismo comenzó la guerra entre ambos y ganó Osiel Cárdenas:
meses después el cuerpo acribillado de Gómez aparecía en
las afueras de Matamoros. Hoy, Cárdenas, asociado con el cártel
de Juárez y particularmente con Juan José Esparragoza, el Azul,
parece ser el hombre que controla el tráfico de drogas en esa parte del
país. Juan N. Guerra era parte, ya, de un pasado muy lejano.
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